Has entrenado durante meses, has organizado horarios, has renunciado a otros planes, has cuidado la alimentación, has descansado, has seguido una planificación y has imaginado muchas veces ese momento. Y finalmente el resultado no llega, es normal sentir decepción.
A veces intentamos salir demasiado rápido:
“No pasa nada”
“Lo importante es participar”
“Ya habrá otra oportunidad”.
Pero quizá sí que pasa algo: te importaba, habías invertido mucho. Y necesitas un poco de tiempo para asumir que no ha salido como querías. Gestionar bien una decepción no significa restar importancia al objetivo.
Primero podemos reconocer qué sentimos, después llegará el momento de analizar.
¿Qué dependía de mí?
¿Qué no?
¿Qué ha funcionado durante la preparación?
¿Qué cambiaría?
¿Qué he aprendido que no aparece en la clasificación o en el cronómetro?
Es importante evitar dos extremos; uno es justificarlo todo y no revisar nada. El otro es concluir que todo el proceso ha sido un fracaso solo porque no se ha conseguido el objetivo final.
Un resultado aporta información, pero no siempre resume adecuadamente meses de trabajo. A partir de ahí podemos decidir qué hacemos con esta experiencia. Volver a intentarlo, cambiar el objetivo, modificar el proceso o incluso darnos un tiempo antes de tomar decisiones.
Una decepción deportiva puede doler sin convertirse en una sentencia sobre nuestra capacidad. No conseguir un objetivo forma parte de cualquier trayectoria en la que nos atrevemos a intentar cosas que realmente nos importan.
