El médico puede decir que la lesión está recuperada, el fisioterapeuta puede dar el paso de que a nivel físico todo está bien, las pruebas pueden indicar que el cuerpo ya está preparado. Y, aun así, el deportista puede seguir teniendo miedo.
Después de una lesión es habitual estar muy pendiente de la zona afectada. Una sensación, una molestia o un movimiento determinado pueden activar rápidamente pensamientos como “¿y si vuelve a pasar?”.
Esta vigilancia tiene sentido. El cerebro ha aprendido que ese movimiento o esa situación estuvieron asociados a dolor y a una interrupción importante de la actividad. Pero llega un momento en que hay que volver a acumular experiencias de seguridad.
Recuperar la confianza en el cuerpo suele ser progresivo, no se trata de convencernos de que no hay ningún riesgo. En deporte, el riesgo cero no existe.
Se trata de recuperar la percepción de que podemos movernos, esforzarnos y responder a las sensaciones sin interpretar cualquier señal como una nueva lesión.
También ayuda a diferenciar entre dolor, molestias normales de la vuelta a la actividad y miedo anticipatorio, siempre coordinando esta interpretación con los profesionales sanitarios responsables de la recuperación.
Psicológicamente, podemos trabajar las situaciones que generan más inseguridad, crear una progresión, revisar pensamientos de recaída y reconocer evidencias reales de recuperación.
La confianza no siempre vuelve el mismo día que recibimos el alta. A veces necesita un poco más de tiempo y experiencias positivas.
Volver a competir no es solo recuperar una articulación, un músculo o una capacidad física. También es volver a sentir que podemos utilizar nuestro cuerpo sin estar permanentemente esperando que algo vaya mal.

