Compararnos es humano, observamos a otros deportistas para entender dónde estamos, aprender, inspirarnos o establecer referencias. El problema aparece cuando la comparación deja de darnos información y empieza a determinar cómo nos sentimos con nosotros mismos.
“Él corre más.”
“Ella progresa más rápido.”
“Entrena menos y consigue mejores resultados.”
“Yo debería estar a su nivel.”
Hoy las redes sociales amplifican todavía más esta tendencia. Vemos marcas, entrenamientos, medallas y momentos de satisfacción, pero rara vez vemos con la misma intensidad los días malos, las lesiones, las dudas o las circunstancias personales de cada deportista. Y acabamos comparando nuestro proceso completo con una pequeña selección del proceso de los demás.
La comparación puede ser útil si nos aporta información concreta.
¿Qué hace ese deportista?
¿Qué puedo aprender?
¿Qué estrategia utiliza?
¿Hay algo que pueda adaptar a mi realidad?
Pero deja de serlo cuando se convierte en un juicio constante.
Cada persona tiene una historia, un cuerpo, unas responsabilidades, una experiencia y unas circunstancias diferentes. Por eso, una referencia especialmente importante es nuestra propia evolución.
¿Cómo entrenaba hace seis meses?
¿Cómo gestionaba antes esta situación?
¿Qué he aprendido?
¿En qué he mejorado aunque el resultado no lo muestre inmediatamente?
No necesitamos dejar de mirar a los demás. Necesitamos evitar que mirarlos nos impida ver nuestro propio camino.


