No todos los entrenamientos tienen que venir acompañados de diversión o motivación. Habrá días de esfuerzo, cansancio, frío, calor, pereza o frustración.
El compromiso implica continuar en algunos momentos aunque no tengamos demasiadas ganas. Pero hay una diferencia entre eso y sentir que el deporte se ha convertido permanentemente en una obligación.
Algunas personas empiezan a entrenar porque les gusta correr, jugar, competir, salir en bicicleta o compartir tiempo con un equipo.
Con los años aparecen objetivos, marcas, relojes, clasificaciones, planes de entrenamiento y expectativas. Todo eso puede ser estimulante, pero también puede llegar un momento en que dejemos de preguntarnos si estamos disfrutando y solo pensemos en si estamos cumpliendo.
El entrenamiento que antes era un espacio de bienestar puede convertirse en otra tarea pendiente. Y cuando un día no sale como estaba previsto aparece frustración, culpa o sensación de fracaso.
Recuperar una relación más saludable con el deporte no significa dejar de competir ni abandonar los objetivos. Significa revisar qué lugar ocupa ahora ese deporte en nuestra vida.
¿Qué nos sigue aportando?
¿Qué hemos ido perdiendo?
¿Entrenamos porque queremos o porque sentimos que ya no podemos dejar de hacerlo?
A veces será necesario modificar objetivos, introducir variedad, reducir temporalmente la presión o recuperar actividades sin un resultado asociado.
El deporte puede ser exigente y seguir siendo significativo. La cuestión es que el resultado no termine ocupando todo el espacio que antes también ocupaban el juego, la curiosidad, las relaciones y el placer de movernos.


