Estar orgulloso de una buena competición es normal, pero sentirse decepcionado después de una mala actuación también.
El problema aparece cuando la percepción que tenemos de nosotros mismos cambia completamente según el resultado.
Si gano, valgo.
Si mejoro la marca, soy bueno.
Si pierdo, soy un fracaso.
Si estoy lesionado y no puedo rendir, dejo de sentirme útil.
Cuando el deporte ocupa una parte importante de nuestra identidad, es fácil que los resultados afecten a la autoestima. Especialmente en personas que han estado vinculadas a una disciplina desde muy jóvenes o que reciben gran parte de su reconocimiento a través del rendimiento.
Pero una marca describe un rendimiento concreto en unas circunstancias concretas, no describe a toda una persona. Eso no significa que los resultados tengan que dejarnos indiferentes, podemos querer ganar, mejorar y sentirnos muy implicados emocionalmente.
La diferencia es poder separar “hoy no he rendido como quería” de “no soy suficientemente bueno”.
Construir una identidad más amplia también ayuda a afrontar mejor las etapas inevitables del deporte: lesiones, bajadas de rendimiento, cambios de categoría, pausas o retirada.
¿Quién soy cuando no estoy compitiendo?
¿Qué otras cosas valoro de mí?
¿Qué relaciones, intereses y capacidades existen fuera del resultado?
Tener respuesta a estas preguntas no resta compromiso, al contrario, puede permitir competir con más libertad porque cada prueba deja de ser una validación constante de nuestro valor personal.
Tu marca puede explicar una parte de tu historia deportiva, pero no explica quién eres.


