Hay momentos especialmente desconcertantes en la carrera de un deportista. Una habilidad que hasta hace poco salía con normalidad deja de salir.
El cuerpo parece dudar, aparece miedo, pensamos demasiado cada movimiento. Cuanto más intentamos recuperar la normalidad, más difícil parece.
Este tipo de bloqueo puede aparecer después de un error, una caída, una lesión, una experiencia de mucha presión o, aparentemente, sin un desencadenante claro.
El primer impulso suele ser insistir.
“Si lo hago muchas veces, acabará saliendo.”
A veces funciona, pero en otros casos cada nuevo intento hecho con miedo refuerza todavía más la asociación entre esa acción y la amenaza. Por eso es importante entender qué está manteniendo el bloqueo.
¿Qué piensa el deportista justo antes de empezar?
¿Dónde centra la atención?
¿Qué sensaciones corporales interpreta como peligro?
¿Está intentando controlar conscientemente cada detalle de una acción que antes era automática?
También es importante evitar convertir cada intento en un examen. Si cada ejecución tiene que demostrar que “ya estoy bien”, la presión aumenta. El trabajo suele necesitar progresión.
Recuperar sensaciones de seguridad, dividir la acción cuando sea posible, reducir temporalmente la exigencia, trabajar la atención y volver a acumular experiencias en las que el cerebro compruebe que puede ejecutar sin estar permanentemente en alerta.
Un bloqueo no significa necesariamente que se haya perdido la habilidad. A veces la habilidad sigue ahí, pero ha quedado cubierta por una capa de miedo, control y anticipación. Y esa parte también se puede trabajar.




