El patinaje artístico es un deporte en el que los detalles importan. La técnica, la ejecución, la precisión, la expresión y la calidad de los elementos forman parte del rendimiento. Por eso es comprensible que muchos patinadores desarrollen un nivel de exigencia elevado.
Querer perfeccionar un movimiento puede ayudar a progresar, pero querer que todo sea perfecto puede acabar jugando en contra.
Cuando el error se percibe como algo inaceptable, cada intento puede convertirse en una prueba. Un entrenamiento con varios elementos buenos puede quedar eclipsado por un único salto que no ha salido.
Una competición correcta puede ser percibida como un fracaso porque no ha sido exactamente como se había imaginado. E incluso los éxitos pueden durar muy poco porque inmediatamente aparece el siguiente nivel de exigencia.
Este perfeccionismo también puede afectar a la competición. Si el patinador piensa que solo hay una forma aceptable de ejecutar el programa, cualquier pequeña desviación puede generar frustración y dificultar la continuidad.
En cambio, competir también exige capacidad de adaptación. Puede haber un pequeño desequilibrio, una recepción que no sea perfecta o un elemento que no salga exactamente como estaba previsto.
La pregunta es: ¿puedo seguir compitiendo después?
Trabajar el perfeccionismo no significa conformarse ni dejar de buscar la excelencia. Significa construir una exigencia más flexible.
Analizar con precisión sin convertir el error en un ataque personal, reconocer lo que funciona, entender que progresar no es una línea recta y poder competir sin sentir que cualquier imperfección invalida todo lo demás.
En un deporte donde se trabaja tanto para afinar cada detalle, una de las habilidades mentales más importantes puede ser precisamente aprender que no todo tiene que ser perfecto para tener valor.


