Sentir nervios antes de competir es normal. El corazón puede acelerarse, puede aparecer tensión muscular, mariposas en el estómago, necesidad de ir al baño, dificultad para concentrarse o una sucesión de pensamientos sobre lo que podría pasar.
Muchos deportistas interpretan estas sensaciones como un problema: “estoy demasiado nervioso”, “así no rendiré”, “debería estar tranquilo”. Pero intentar eliminar completamente los nervios puede acabar generando todavía más preocupación. La cuestión no es tanto dejar de sentirlos como aprender a interpretarlos y gestionarlos.
Antes de una competición, el cuerpo se está preparando para responder a una situación importante. Esta activación puede ser útil. El problema aparece cuando el deportista interpreta cualquier señal de activación como una evidencia de que algo irá mal.
Un primer paso es identificar qué está pasando realmente:
¿Qué notas en el cuerpo? ¿Qué te dices? ¿En qué momento aumentan los nervios? ¿Cuando llegas a la instalación? ¿Cuando ves a los rivales? ¿Cuando falta poco para empezar?
Conocer el propio patrón ayuda a poder intervenir.
Las rutinas precompetitivas pueden ser una herramienta muy útil. Preparar con antelación qué harás, dónde pondrás la atención, cómo será el calentamiento o qué indicaciones quieres recordar reduce la necesidad de improvisar en un momento de alta activación. También pueden ayudar la respiración, el diálogo interno y los objetivos de proceso.
En lugar de intentar controlar el resultado, podemos devolver la atención a cosas que sí dependen de nosotros: el ritmo, una acción técnica, la respiración, la actitud o la siguiente decisión. Los nervios no son necesariamente el enemigo.
El objetivo es que puedan estar presentes sin decidir por ti.




