Hay una diferencia entre querer que una competición salga bien y sentir que no podemos permitirnos que salga mal. Cuando aparece esta segunda sensación, la presión puede crecer mucho.
El resultado deja de ser solo un resultado deportivo y puede empezar a representar muchas otras cosas: demostrar que somos buenos, justificar todo el tiempo invertido, no decepcionar al entrenador, satisfacer a la familia, mantener una categoría o confirmarnos que todo el esfuerzo ha valido la pena. Entonces fallar parece tener un significado mucho mayor.
El miedo al fracaso no siempre provoca que el deportista deje de intentarlo. A veces provoca justo lo contrario: entrenar más, controlarlo todo, exigirse constantemente y vivir cada error como una amenaza. Pero esta exigencia puede acabar limitando el rendimiento.
Cuando el objetivo principal pasa a ser “no fallar”, es fácil competir con rigidez, evitar riesgos, dudar o estar excesivamente pendiente del resultado.
Trabajar este miedo implica explorar qué significaría realmente fracasar.
¿Perder?
¿No conseguir una marca?
¿Cometer un error?
¿Decepcionar a alguien?
¿Qué dice ese resultado sobre ti como deportista? ¿Y sobre ti como persona? Separar estas cuestiones es importante.
Podemos tener objetivos ambiciosos, querer ganar y trabajar mucho para conseguirlo sin convertir cada resultado en un examen sobre nuestro valor personal.
Competir siempre implica incertidumbre. La confianza no consiste en tener la garantía de que saldrá bien, sino en saber que podremos gestionar también lo que pase si las cosas no salen como esperábamos.




