Durante una competición no solo escuchamos al entrenador, a los compañeros, a los rivales o al público. También nos escuchamos a nosotros mismos.
“Vamos, puedes.”
“No puedo más.”
“No vuelvas a fallar.”
“Concéntrate.”
“Soy un desastre.”
“Ahora, otra vez.”
Este diálogo interno puede influir en nuestra atención, las emociones y la manera en que respondemos ante una dificultad. No se trata de repetir frases positivas sin creerlas.
Decirnos “soy el mejor” difícilmente será útil si internamente pensamos exactamente lo contrario. El trabajo consiste en construir un lenguaje interno que sea realista y funcional, especialmente cuando las cosas no salen.
Podemos empezar observando qué nos decimos espontáneamente ante un error, el cansancio o una situación de presión.
¿Hablarías de la misma manera a un compañero de equipo?
¿Esa frase te ayuda a actuar o te deja más bloqueado?
Algunas frases pueden orientarnos hacia una acción: “respira”, “siguiente jugada”, “mantén el ritmo”, “vuelve al plan”. Otras solo expresan frustración y nos mantienen enganchados al problema.
El diálogo interno también se puede entrenar, podemos preparar palabras clave, instrucciones cortas y formas de responder a los pensamientos que sabemos que aparecen habitualmente.
La meta no es controlar cada pensamiento que tenemos. La mente seguirá produciendo dudas, críticas y predicciones. Lo importante es decidir qué pensamientos merecen nuestra atención y cuáles podemos dejar pasar mientras seguimos haciendo lo que toca.




