Un día de descanso puede formar parte perfectamente de una planificación deportiva y, aun así, generar malestar.
“Hoy podría haber entrenado.”
“Perderé forma.”
“Los demás están entrenando y yo no.”
“Si realmente quisiera mejorar, haría algo.”
Cuando aparecen estos pensamientos, descansar deja de sentirse como una parte del proceso y empieza a vivirse como una falta de compromiso, pero descanso y compromiso no son conceptos opuestos.
El cuerpo necesita recuperarse, y mentalmente también necesitamos espacios en los que el rendimiento deportivo no ocupe toda nuestra atención. La dificultad aparece cuando asociamos entrenar con ser responsables y descansar con ser perezosos o disminuir el rendimiento.
También puede aparecer cuando nuestra sensación de seguridad depende del volumen de entrenamiento: hacer más nos tranquiliza porque nos da la percepción de que estamos haciendo todo lo posible.
Esto puede provocar que ignoremos señales de cansancio, que añadamos sesiones que no estaban planificadas o que no podamos disfrutar de un día libre.
Una pregunta interesante es qué pasa emocionalmente cuando no entrenas.
¿Aparece culpa?
¿Ansiedad?
¿Miedo a perder nivel?
¿Sensación de estar desaprovechando el tiempo?
Entender esta respuesta ayuda a diferenciar el compromiso deportivo de una necesidad constante de demostrarnos que estamos haciendo suficiente. Descansar no garantiza rendir mejor, igual que entrenar más tampoco garantiza mejorar.
El objetivo es poder seguir una planificación con criterio y no dejar que la culpa decida siempre por nosotros. A veces entrenar bien también significa saber cuándo no toca entrenar.


