La autoexigencia puede ser una gran aliada en el deporte, nos ayuda a ser constantes, prepararnos, buscar mejoras y comprometernos con nuestros objetivos.
El problema aparece cuando nada de lo que hacemos parece suficiente:
Terminas un buen entrenamiento y solo piensas en lo que ha faltado.
Consigues una marca e inmediatamente ya estás pensando en la siguiente.
Ganas, pero te quedas con el error que has cometido.
Descansas, pero tienes la sensación de que deberías estar entrenando.
Poco a poco, mejorar deja de ser estimulante porque el objetivo se mueve continuamente. El perfeccionismo no es simplemente querer hacer las cosas bien. A menudo está relacionado con la dificultad para tolerar el error, la necesidad de control y la sensación de que solo podemos estar satisfechos si cumplimos unos estándares muy elevados.
El deporte es un entorno especialmente poco compatible con la perfección. Hay rivales, condiciones externas, decisiones arbitrales, lesiones, cansancio, días malos y situaciones que no podemos controlar. Si solo consideramos aceptable una ejecución perfecta, casi siempre encontraremos algún motivo para estar decepcionados.
Trabajar la autoexigencia no significa renunciar a la ambición, significa poder distinguir entre una exigencia que nos ayuda a avanzar y una exigencia que nos desgasta.
Podemos analizar errores sin despreciarnos. Podemos querer mejorar y al mismo tiempo reconocer lo que ya hemos hecho bien. Y podemos entender que un deportista no necesita estar siempre satisfecho con su rendimiento, pero tampoco necesita vivir permanentemente con la sensación de que nunca llega.




